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Ser padrino o madrina

Una misión para toda la vida

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Formación para padrinos de Bautismo
Parroquia Ascensión del Señor · Seseña Nuevo (Toledo)

«El que crea y se bautice se salvará» Mc 16, 16

Una palabra antes de comenzar

Este documento ha sido preparado para quienes, por distintas razones, no han podido asistir personalmente a la sesión de formación. Contiene todo el contenido de esa catequesis, desarrollado con amplitud para que pueda leerse con calma y aprovecharse al máximo. Si puedes, léelo sin prisas, con un lápiz en la mano. Es posible que alguna parte te interpele directamente.

Introducción: una pregunta para empezar

Antes de entrar en materia, conviene detenerse en dos preguntas que, aunque sencillas, merecen una respuesta honesta:

¿Por qué me han elegido a mí como padrino o madrina? ¿Y qué creo que significa, en realidad, serlo?

La primera pregunta nos habla de la confianza que alguien ha depositado en nosotros. La segunda nos confronta con algo más profundo: qué imagen tenemos de este papel y qué esperamos de él. Con frecuencia, cuando se les hace esta pregunta a los futuros padrinos, las respuestas giran en torno a la cercanía afectiva con los padres, al vínculo familiar, o simplemente a que «nadie más estaba disponible». Pocas veces alguien responde desde una perspectiva de fe.

Eso no es un reproche, sino un punto de partida. Esta formación existe precisamente para enriquecer esa imagen inicial y ofrecer una comprensión más plena de lo que la Iglesia entiende por ser padrino o madrina.

La idea central que recorre todo este documento es simple pero exigente: ser padrino no es un título honorífico ni una función social. Es una misión eclesial. Una vocación de acompañamiento que comienza el día del Bautismo, pero que no termina con él.

I. ¿Qué es el Bautismo?

Más que una tradición

Hay una tentación muy humana de interpretar el Bautismo principalmente como una costumbre familiar, una ocasión para reunir a los parientes, un rito de paso social con raíces religiosas, pero de contenido difuso. Esta interpretación no es maliciosa —en muchos casos es simplemente el resultado de una fe poco cultivada o de un ambiente cultural que ha ido vaciando los gestos religiosos de su significado original—, pero conviene nombrarla con claridad para poder ir más allá.

El Bautismo es, en primer lugar, el primer sacramento de la vida cristiana. No es un punto de llegada, sino un punto de partida: la puerta por la que una persona entra a la vida de Dios, a la comunidad de los creyentes y a una forma radicalmente nueva de entender quién es y para qué existe. La Iglesia lo llama «el fundamento de toda la vida cristiana» porque todo lo demás —la Eucaristía, la Confirmación, el matrimonio, el ministerio ordenado— descansa sobre este primer encuentro sacramental con Cristo.

¿Qué sucede realmente en el Bautismo?

Para entender qué celebramos, necesitamos ir más allá de lo que se ve. En la superficie, vemos agua, palabras, gestos, velas, una familia reunida. Pero ¿qué ocurre en el interior, en el orden de la gracia?

La tradición teológica de la Iglesia identifica varios efectos que el Bautismo produce en quien lo recibe. El primero y más conocido es el perdón del pecado original, esa herida de origen que afecta a todo ser humano y que nos inclina al mal, al egoísmo, a la ruptura con Dios y con los demás. El agua bautismal no borra esa herida como si nunca hubiera existido, pero sana su efecto más grave: la separación de Dios. El bautizado queda incorporado a Cristo, cuya muerte y resurrección son precisamente el remedio definitivo para esa herida.

El segundo efecto es aún más asombroso: el niño se convierte en hijo de Dios. No de modo metafórico o poético, sino real. San Juan lo expresa con una contundencia que todavía nos sorprende: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, ¡pues lo somos!» (1 Jn 3, 1). Esa filiación divina es la novedad más radical del Bautismo: el niño que sostenéis en vuestros brazos ese día no es solo hijo de sus padres —lo es también de Dios.

A estos dos efectos se añaden otros igualmente importantes: el bautizado recibe el Espíritu Santo, que pasa a habitar en él como en un templo vivo; es incorporado a la Iglesia, la comunidad de los creyentes, y queda así unido a millones de hermanos y hermanas en todo el mundo y a lo largo de la historia; y comienza una vida nueva en Cristo, marcada por la dignidad de la gracia y orientada hacia la vida eterna.

Todo esto no es magia. No ocurre automáticamente como si se activara un mecanismo. Es un acontecimiento sobrenatural real, que requiere ser acogido, cultivado y vivido. Y aquí es donde entráis vosotros, los padrinos.

Los signos que hablan

El rito bautismal está construido con signos. Son gestos y objetos sencillos —agua, aceite, luz, tela blanca— que dicen mucho más de lo que parecen a primera vista. Conocerlos no es un ejercicio de arqueología litúrgica: es aprender a leer el lenguaje con que Dios habla a los sentidos.

El agua es el signo más antiguo y el más rico en significados. En la Biblia, el agua aparece desde el principio como fuente de vida y de muerte, de purificación y de paso. Piensa en las aguas del diluvio, en el paso del mar Rojo, en el bautismo de Jesús en el Jordán. En el Bautismo, el agua recoge todos esos significados: lava, da vida, sumerge —como en una muerte— y resucita —como en un nacimiento nuevo. El apóstol Pablo lo expresa en la carta a los Romanos: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros llevemos una vida nueva» (Rm 6, 4).

La vela encendida que el padrino enciende en el cirio pascual y entrega a la familia es uno de los gestos más bellos de la liturgia bautismal. Jesús dijo «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12), y esa misma luz se comunica ahora al niño bautizado. No es una luz que brilla sola: necesita ser alimentada, protegida, mantenida viva. Esa es, en buena medida, la tarea de los padrinos.

La ropa blanca con la que se viste al niño después del derramamiento del agua simboliza la dignidad nueva que ha recibido. Pablo escribe a los Gálatas: «Los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27). La blancura no es solo pureza: es identidad. El bautizado lleva puesto, por así decir, el nombre de Cristo.

El óleo o crisma con el que el sacerdote unge la cabeza del niño lo consagra como sacerdote, profeta y rey —los tres títulos que en la antigüedad recibían quienes eran ungidos. El niño no ha hecho nada para merecer esto: es un don puro. Y sin embargo, ese don viene con una vocación: vivir a la altura de lo que el bautismo ha hecho de él.

Signo¿Qué significa?Referencia
💧 El aguaVida nueva — limpia, sumerge y resucitaRm 6, 3-4
🕯️ La velaCristo es la luz del mundoJn 8, 12
👘 La ropa blancaDignidad nueva como hijo de DiosGa 3, 27
🫒 El óleoConsagración — ungido como Cristo1 Jn 2, 20

Pregunta para dialogar

«¿Qué creéis que cambia concretamente en la vida de este niño/a después del Bautismo?»

II. La misión del padrino

Una figura con historia

La figura del padrino o madrina es tan antigua como el Bautismo mismo. En los primeros siglos del cristianismo, cuando bautizarse podía costar la vida, el padrino era literalmente alguien que respondía con su propio crédito ante la comunidad por la seriedad del compromiso del catecúmeno. Era un testigo, un avalista de la fe del otro.

Con el tiempo, al generalizarse el bautismo de infantes, la función del padrino se fue matizando. Ya no podía avalar la fe de alguien que todavía no puede hablar, pero sí podía comprometerse a acompañar el crecimiento de esa fe a lo largo del tiempo. El Código de Derecho Canónico, en su canon 872, lo expresa con una precisión que merece ser citada íntegramente:

«En la medida de lo posible, al que va a ser bautizado se le ha de dar un padrino, cuya misión es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar ante la Iglesia al niño que va a ser bautizado, y procurar también que el bautizado lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo.»

Código de Derecho Canónico, can. 872

Esta definición es densa, pero conviene leerla despacio. Hay tres verbos que sobresalen: asistir, presentar y procurar. El padrino no es un testigo pasivo que firma un documento y luego desaparece. Es alguien que asiste —es decir, que está, que acompaña, que se hace presente. Que presenta al niño ante la comunidad cristiana —con todo lo que eso implica de responsabilidad y representación. Y que procura —es decir, que cuida activamente— que el bautizado viva de acuerdo con lo que el Bautismo ha hecho de él.

Representar a la Iglesia en nombre del niño

Una de las dimensiones menos comprendidas del papel del padrino es su función eclesial. El día del Bautismo, el niño no puede profesar la fe por sí mismo: no tiene aún el uso de la razón, no puede responder, no puede comprometerse. Alguien tiene que hacerlo en su nombre. Esa es la tarea de los padres y los padrinos juntos.

Cuando durante la ceremonia el sacerdote pregunta: «¿Renunciáis al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?» o «¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?»… y vosotros respondéis «Sí, creo», no estáis pronunciando una fórmula de protocolo. Estáis haciendo una profesión de fe real, en nombre propio y en nombre del niño. Estáis diciéndole, en voz alta y ante la comunidad, cuál es el horizonte de su vida.

Esto tiene una consecuencia importante: solo puede ser padrino quien realmente crea, o al menos quien esté honestamente en camino de creer. No porque la Iglesia quiera excluir a nadie, sino porque hay una coherencia básica que la misión exige. No se puede comprometer a otro con algo en lo que uno mismo no cree. Y si hay dudas —que es muy distinto a no creer—, este es un buen momento para examinarlas con honestidad y con libertad.

Ser acompañante espiritual

El padrino no es un sustituto de los padres. Los padres son los primeros y principales responsables de la educación en la fe de sus hijos. El padrino camina junto a ellos, no en lugar de ellos. Pero esa compañía tiene un peso real, sobre todo en los momentos en que la familia pueda flaquear, ausentarse o necesitar apoyo.

El acompañamiento espiritual del padrino se concreta en gestos que, vistos por separado, pueden parecer pequeños, pero que acumulados a lo largo de los años forman algo grande. Se trata de animar al ahijado a la vida cristiana, no de manera predicadora o moralista, sino con la fuerza del ejemplo. De recordarle el valor de su Bautismo en las fechas señaladas. De estar presente en los momentos importantes de su itinerario de fe —la Primera Comunión, la Confirmación— como alguien que no solo aparece en las fotos, sino que entiende lo que esos momentos significan. Y de ser un referente de fe: alguien a quien el ahijado pueda acudir cuando tenga preguntas, dudas o simplemente curiosidad sobre lo que significa vivir como cristiano.

Esta última dimensión es quizás la más delicada y la más valiosa. Los niños y los adolescentes necesitan adultos de referencia que no sean sus padres: personas que los quieran sin la carga de la autoridad doméstica, con quienes puedan hablar con más libertad. El padrino puede ser —si lo cultiva— exactamente esa persona.

Más que un regalo: un testimonio

Existe la costumbre, en muchas familias y culturas, de que el padrino lleve un regalo especial el día del Bautismo y en los cumpleaños siguientes. No hay nada malo en ello. Pero conviene decirlo con claridad: el mejor regalo que un padrino puede hacer a su ahijado no tiene precio de mercado.

El mejor regalo es que el niño te vea rezar. Que sepa que vas a Misa, no por obligación o por costumbre, sino porque algo en ese gesto te sostiene y te da vida. Que pueda preguntarte sobre Dios sin que te incomodes. Que cuando tenga dificultades —en la adolescencia, en una ruptura, en una pérdida, en una crisis de sentido— encuentre en ti a alguien que no le da respuestas hechas, pero que sí le muestra cómo se puede vivir con fe en medio de la incertidumbre.

El padrino es, en lenguaje antiguo, un «testigo de la fe». No un maestro, no un predicador, no un inspector espiritual. Un testigo: alguien que ha visto algo, que lo vive, y que por eso mismo puede señalarlo. La fe se transmite, sobre todo, por contagio de vida.

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1. Representáis a la Iglesia

El niño no puede profesar la fe por sí mismo.

Vosotros respondéis en su nombre.

Cuando se os pregunta: «¿Renunciáis al pecado?» / «¿Creéis en Dios Padre?»… no es un trámite.

Es una profesión de fe real.

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2. Sois acompañantes espirituales

No sustituís a los padres, pero colaboráis con ellos.

Vuestra tarea: animar a la vida cristiana, recordar el valor del Bautismo, estar presentes en momentos importantes y ser referencia de fe.

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3. Más que un regalo… un ejemplo

El mejor regalo no es material.

Es que el niño os vea rezar, que sepa que vais a Misa, que pueda hablar con vosotros de Dios, que tengáis coherencia de vida.

El padrino es una especie de «segundo testigo de la fe».

Para decirlo con palabras simples

El Bautismo es como cuando alguien entra a una familia. Cambia de apellido — ahora lleva el nombre de «hijo de Dios». Tiene nuevos hermanos, tiene una herencia. Y tiene personas que responden por él: los padrinos.

Momento de reflexión personal

«¿Qué es lo que más quiero transmitirle a mi ahijado/a en los próximos años? ¿Qué tengo para darle?»

III. Ser padrino hoy: desafíos actuales

El mundo en que crecerá tu ahijado

Sería ingenuo hablar de la misión del padrino sin tener en cuenta el contexto en que esa misión se va a desarrollar. Vivimos en un momento histórico de profunda transformación cultural que afecta directamente a la transmisión de la fe.

Durante siglos, la fe cristiana se transmitía casi automáticamente: formaba parte del tejido social, del calendario, de las costumbres familiares. Bastaba con nacer en una familia cristiana y vivir en un entorno cristiano para ir absorbiendo, casi sin esfuerzo, una cierta comprensión de Dios, de la vida y del sentido de la existencia. Ese mundo ha cambiado profundamente.

Hoy la fe ya no se hereda automáticamente. La sociedad en que crecerán nuestros ahijados es plural, secularizada, llena de voces y propuestas diversas. La práctica religiosa ha disminuido notablemente, incluso entre personas que se siguen reconociendo como creyentes. La indiferencia religiosa —no tanto el rechazo activo de Dios como la simple irrelevancia de la pregunta— es el estado de ánimo más extendido en amplias capas de la población, especialmente entre los jóvenes.

Esto no es motivo de catastrofismo. La fe cristiana ha sobrevivido a contextos mucho más hostiles. Pero sí exige lucidez: la misión del padrino en este contexto es más necesaria y exigente que en otras épocas. Si antes bastaba con «no estorbar», hoy hace falta algo más activo.

Lo que el ahijado necesitará

En este contexto, tu ahijado —cuando crezca y empiece a hacerse preguntas sobre la vida— necesitará, más que argumentos, testigos. Adultos que vivan la fe con alegría, no con tristeza o resignación. Personas que puedan decirle, con la autoridad que da el ejemplo: «Esto vale la pena. Yo lo he comprobado en mi propia vida.»

Necesitará referentes claros y coherentes en un mundo lleno de mensajes contradictorios. No perfectos —la perfección, además de ser inalcanzable, resulta intimidante—, sino honestos: personas que reconocen sus dudas y sus límites, pero que siguen eligiendo cada día creer y vivir en consecuencia.

Necesitará, en algún momento de su adolescencia o su juventud, alguien con quien hablar sin miedo a ser juzgado. Alguien que le escuche de verdad, que no pretenda tener todas las respuestas, pero que tampoco se encoja de hombros ante las preguntas grandes: ¿Hay algo después de la muerte? ¿Tiene sentido creer? ¿Qué hace Dios con el sufrimiento?

Y necesitará, sobre todo, que cuando el momento de la crisis llegue —y llegará—, haya alguien en su vida que no le abandone, que le recuerde quién es y a quién pertenece.

¿Y si yo no me siento a la altura?

Es una pregunta legítima, y conviene afrontarla directamente. La mayoría de los padrinos, en algún momento antes o después del Bautismo, experimentan algo parecido a la inseguridad: «¿Quién soy yo para acompañar a alguien en la fe si yo mismo tengo tantas dudas? ¿Si no voy a Misa con regularidad? ¿Si hace años que no me confieso?»

La respuesta no es una consigna fácil, pero tampoco es una exigencia aplastante. La Iglesia no pide padrinos perfectos. Pide padrinos disponibles. La diferencia es importante.

Lo que sí se requiere —y no es negociable— es una disposición básica: querer caminar, estar dispuesto a crecer, no vivir en contradicción pública y escandalosa con los valores del Evangelio. Si hay alejamiento de la práctica sacramental, este puede ser el momento de replanteárselo, no por obligación, sino porque el amor al ahijado puede ser un motivo para retomar algo que se había dejado.

En definitiva: no necesitáis ser perfectos. Necesitáis haceros presentes. Y esa presencia, sostenida en el tiempo y ofrecida con amor, puede cambiar la vida de una persona.

El mundo que encontrará tu ahijado/aLo que él/ella necesitará de ti
Fe que ya no se hereda automáticamenteTestigos convencidos, no perfectos
Indiferencia religiosa en el entornoAdultos que viven la fe con alegría
Muchas voces y pocos referentesReferentes claros y coherentes
Momentos de duda o de crisis de feAlguien con quien hablar sin miedo a ser juzgado

No necesitáis ser perfectos. Necesitáis haceros presentes.

IV. La ceremonia: ¿qué va a pasar?

Momento¿Qué ocurre?Rol del padrino
AcogidaEl sacerdote saluda a la familia y pregunta el nombre del niño y qué piden para élEstán presentes junto a los padres como familia que acoge
Promesas bautismalesPadres y padrinos renuncian al mal y profesan la fe en nombre del niñoResponden «Sí, creo» — es el momento más importante de la ceremonia
Derramamiento del aguaEl sacerdote vierte agua tres veces pronunciando la fórmula trinitariaEl padrino/madrina sostiene al niño — gesto de presentación y apoyo
Unción, vela, ropa blancaSignos que completan el rito: consagración, luz de Cristo, dignidad nuevaEl padrino enciende la vela bautismal en el cirio pascual

Conocer el rito para vivirlo

El día del Bautismo transcurre, para muchos padrinos, entre la emoción, el nerviosismo de no saber exactamente qué hacer y la distracción inevitable de los familiares, las cámaras y el llanto del bebé. Por eso conviene, antes de ese día, recorrer mentalmente lo que va a ocurrir. No para convertir la ceremonia en un ensayo técnico, sino para poder vivirla con conciencia y con la profundidad que merece.

La acogida

La ceremonia comienza en la puerta de la iglesia —o en la entrada del baptisterio—, donde el sacerdote sale al encuentro de la familia. Es un gesto deliberado: la Iglesia no espera pasivamente, sino que sale a recibir a quien viene a pedir el Bautismo. El sacerdote pregunta el nombre del niño —un gesto importante, porque el nombre es la identidad— y qué piden para él. La respuesta esperada es: «El Bautismo». Es decir, la vida de Dios. Los padrinos están presentes en este momento desde el principio, como parte de la familia que acoge y que presenta.

La Liturgia de la Palabra

Como en toda celebración sacramental, hay una escucha de la Palabra de Dios. Se leen textos bíblicos que iluminan el sentido de lo que se va a celebrar. No es un trámite: es el momento en que la comunidad recuerda por qué está allí y qué está a punto de ocurrir. Si tenéis la posibilidad, os invito a escuchar esos textos con atención. Muchas veces contienen exactamente la palabra que necesitabais en ese momento.

Las promesas bautismales

Este es el momento más importante de toda la ceremonia, y conviene que lo sepáis con antelación para vivirlo con la atención que merece. El sacerdote dirige a los padres y a los padrinos una serie de preguntas. Primero, la renuncia al mal: ¿Renunciáis al pecado? ¿Renunciáis a las seducciones del mal? ¿Renunciáis a Satanás, padre y príncipe del pecado? Y después, la profesión de fe, que sigue la estructura del Credo Apostólico: ¿Creéis en Dios Padre todo poderoso? ¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo? ¿Creéis en el Espíritu Santo?

A cada pregunta, la respuesta es: «Sí, creo.» Dos palabras sencillas que encierran todo el peso de la fe cristiana. No las pronunciéis como quien cumple un trámite. Pronunciadlas conscientes de lo que estáis diciendo: estáis respondiendo en nombre del niño y en nombre propio, ante Dios y ante la comunidad, cuál es el horizonte de vuestra vida y de la suya.

El derramamiento del agua

Es el corazón del rito. El sacerdote vierte agua sobre la cabeza del niño tres veces —tres, en referencia a las tres Personas de la Trinidad— mientras pronuncia las palabras: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.» En ese momento ocurre lo que toda la preparación ha anunciado: el niño muere y resucita con Cristo, se convierte en hijo de Dios, es incorporado a la Iglesia.

El padrino o la madrina sostiene al niño durante este gesto, o lo acompaña de cerca. No es una posición decorativa: es un abrazo simbólico. Estáis diciendo con el cuerpo lo que acabáis de decir con la boca: aquí estoy, te sostengo, respondo por ti.

La unción, la vela y la vestidura

Tras el bautismo con agua, siguen tres gestos que completan el rito. La unción con el santo crisma consagra al niño como partícipe de la misión de Cristo. La vestidura blanca lo reviste de su nueva dignidad. Y la vela bautismal —que vosotros, los padrinos, encendéis en el cirio pascual y entregáis a la familia— lo envía al mundo como portador de la luz de Cristo.

Este último gesto es especialmente significativo para vosotros. La llama que transferís del cirio pascual a la vela del niño es una imagen perfecta de vuestra misión: transmitir una luz que no habéis inventado, que habéis recibido antes que él, y que ahora ofrecéis para que también él pueda verla y vivirla.

V. Compromisos concretos del padrino

De la teoría a la vida

Todo lo que hemos recorrido hasta aquí tiene que aterrizar en gestos concretos. La fe sin obras recuerda Santiago, está muerta (cf. St 2, 17). Y el amor al ahijado, si se queda en una emoción del día del Bautismo sin continuación en el tiempo, se parece más a un sentimiento pasajero que a una decisión de vida.

A continuación, se proponen cinco compromisos concretos. No son una lista de obligaciones que cumplir con angustia, sino invitaciones a construir, con pequeños gestos sostenidos en el tiempo, una relación real con el ahijado y con la misión que habéis asumido.

  1. Rezar por el ahijado cada semana. No hace falta rezos largos ni elaborados. Basta con que su nombre aparezca en tu oración. Un momento al día, o al menos a la semana, en que lo mencionas delante de Dios: su salud, su familia, su fe, su futuro. La oración de un padrino por su ahijado tiene un valor que no siempre percibimos, pero que es real.
  2. Felicitarle cada año el día de su Bautismo. El cumpleaños lo felicita todo el mundo. El día del Bautismo, si no hay quien lo recuerde, pasa inadvertido. Anota ya la fecha en tu agenda o en el teléfono. Ese recordatorio anual, cuando el niño crezca, puede convertirse en un momento de conversación sobre la fe, sobre lo que ese día significó, sobre lo que ha cambiado desde entonces.
  3. Acompañarle en su Primera Comunión y en su Confirmación. Estos son los momentos en que el itinerario de iniciación cristiana avanza y se completa. La presencia del padrino no es decorativa: es una señal de que la comunidad de fe que lo acogió el día del Bautismo sigue ahí, creciendo con él.
  4. Interesarse por su catequesis y su formación en la fe. Pregunta. Pregunta cómo le va en la catequesis, qué le gusta y qué le resulta difícil, qué preguntas tiene sobre Dios y sobre la Iglesia. Que sepa que tú estás dispuesto a escucharle, aunque no tengas todas las respuestas. No hace falta ser teólogo: hace falta estar disponible.
  5. Ser referente en los momentos difíciles de su vida. La adolescencia, en particular, es un período en que muchos jóvenes se distancian de la fe. Es también un período en que necesitan adultos de confianza que no los abandonen. Si has cultivado la relación a lo largo de los años, estarás en posición de ser esa persona cuando llegue el momento.

Un compromiso que merece ponerse por escrito

Al terminar esta formación —o al terminar de leer este documento—, te propongo que hagas una cosa sencilla: escribe, con propias palabras, qué te llevas y qué te comprometes a hacer. No hace falta que sea largo. Una frase honesta vale más que un párrafo retórico.

Mi compromiso

Como padrino / madrina de ______ , me comprometo a... ______

(Este es un momento para escribirlo con tus propias palabras en un papel o en tu cuaderno — no es un formulario que rellenar aquí.)

Oración final

Esta oración puede rezarse el día del Bautismo, o en cualquier otro momento. Es una manera de poner en manos de Dios la misión que hemos asumido y de pedirle la gracia de ser fieles a ella.

Señor Jesús,

hoy nos llamas a ser padrinos.

No queremos ser solo testigos de una celebración,

sino acompañantes en el camino de la fe.

Danos coherencia, fidelidad y valentía.

Que sepamos transmitir con nuestra vida

la alegría de ser cristianos.

Que nuestros ahijados puedan ver en nosotros

un reflejo de tu amor.

Amén.

«Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»
(Mt 28, 19)

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